El Pasillo

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13 de marzo de 2016

Whirpool

El ruido del motor de la heladera no lo deja dormir. Hace días que su mente separa ése ruido particular de la casa y lo amplifica dentro de su cabeza, como si fuera una caja de resonancia. Da vueltas en la cama sin saber qué posición es la más cómoda. Está incómodo. Hace rato está incómodo. Se rinde y se levanta finalmente, sin saber bien qué hacer.

Va al baño y se mira en el espejo. A veces descree de la edad que tiene. Siempre le parecieron más años de los que pasaron, y las noches en las que no duerme esa sensación crece hasta hacerse un monstruo. Se lava la cara varias veces, como intentando reaccionar, sin saber bien de qué tiene que reaccionar.
Se sienta en sillón, prende el televisor. Hace zapping como buscando una respuesta que no va a llegar. "Del televisor nunca llegan respuestas, y menos a ésta hora", piensa. Lo apaga.

Da vueltas varias veces por la casa, como buscando algo. "El sueño estoy buscando, pero no sé dónde quedó". Se mira las manos, los nudillos marcados. El tiempo pasa rápido para él, aunque intente pensar lo contrario. Se concentra otra vez en el ruido del motor de la heladera. "Algo debe estar fallando". Ya no sabe si la heladera o él, pero algo está fallando.

Se queda mirando las fotos viejas que tiene en el living. El tiempo pasa rápido para él, aunque intente pensar lo contrario. Tiene una foto de su viaje de egresados. Se da cuenta que la única persona a la que cree haber conocido, ya no está más. Aparta la vista rápido, había quedado consigo mismo que eso quedó atrás. "Hay que seguir, no nos queda otra", le había dicho su viejo cuando no encontraba una respuesta.

Mira las paredes ahora. Descascaradas y con manchas de humedad. Una casa que antes fué familiar, hoy es solitaria. Se descascaró el vínculo y se cayeron varios pedazos, pero nadie quiso remodelar.
Lo único que no cambió en el tiempo, se da cuenta, es ésa heladera Whirpool y ése ruido infernal que suena a vacío.

27 de mayo de 2015

Un bicho.

Existe un bicho, un bicho de mierda que siempre está ahí, adentro tuyo. Está esperando siempre, oculto en algún lado. Esperando a picar. Y cuando pica, arde. Duele. Sangra.

La intuición es una mierda.

La intuición no te salva, el saber no tranquiliza. Es una trampa muy bien armada. Lo único que calma es la alienación, la ignorancia y la baba. Mucha baba. Pero no. No hay alienación, tampoco ignorancia y la baba no sale a menos que se desconecten muchas neuronas al mismo tiempo de un piedrazo. Dejá la ficha en su lugar, no la saques. Dejala así ordenada que se ve linda y todo. Y no. La sacás, la mirás. Sí, era cómo la imaginabas. Y ahora? Ahora aguantate callado, por curioso.

La intuición es un bicho de mierda, que pica cuando te ve distraído. No lo podés atrapar, no lo podés controlar ni domesticar. Siempre está suelto. Siempre está.

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Él sabía, se dió cuenta. Prefirió ignorar y seguir. Se echó todo encima, al hombro, como siempre hace. Esa soberbia de empleado porturario, que cree que puede cargarse cualquier bolsa a la espalda, como si nada. Nada es todo a veces. A la espalda suya se hizo todo. No hay lamento, todos los días es empleado del puerto.

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Existe un bicho, que está siempre dentro tuyo. Espera, paciente, salir y picar. Pica y arde. Duele. Sangra.

25 de mayo de 2015

Uno.

Corría por la calle, perseguido. Estaba oscuro, los árboles tapaban cualquier intento de entrada de luz. Frena en seco, deja de correr. Gira y mira.

Estaba solo.

Se despierta. Putea a su inconsciente, porque era todo un sueño. Se levanta.

Está solo.

Desayuna, se ducha, sale. Se va. Trabaja. Compra una cerveza, volviendo a casa. Llega, se sienta, cena.

Está solo.

Abre la cerveza, la toma. Prende un cigarrillo, lo fuma. Silencio. Se acuesta a dormir. Esa noche sueña con ella. Se despierta. Putea a su inconsciente, porque todo era un sueño. Se levanta.

Está solo.

6 de noviembre de 2013

La soberbia.

Todo lo puedo solo. Sé resolver mis problemas solo. Puedo afrontar una tormenta sentimental, un huracán mental solo. Siempre pude todo solo. Aprendí a escribir solo, aprendí a sumar solo, aprendí todo solo. Y es que desde afuera también exacerbaron todo. Soy capaz de todo.

La soberbia me consume, me corroe, circula por mis venas y sale al exterior con una exhalación de nube tóxica con olor a podrido. Soy poderoso, omnipotente, el que todo lo puede. Ahí estoy, en mi pedestal de mármol, admirando todo lo que puedo hacer solo, sin ayuda de nadie.

Pude capear perfectamente una tormenta propia, hasta que, desde el norte y sur, bajaron en simultáneo otras dos tormentas. Más grandes, más viejas, más poderosas. Desde mi pedestal de mármol me preparé igual. Nada de lo que viniera me podía asustar y menos voltear.

Pero eso no pasó. Las tormentas se juntaron en una sola. La tormenta perfecta. Ahora trago y escupo agua salada constantemente, tratando de no ahogarme, de que la tormenta no me tape. El primer oleaje destruyó mi pedestal, pero el orgullo me sigue haciendo aguantar.

Y ahora tengo que volver, a aquello que alguna vez renegué hasta el cansancio. No me queda otra, estoy atrapado. Tengo que levantar la mano, pidiendo ayuda. Quedo patético y débil. Flojo y pequeño, pero sé bien que no me queda otra. Si quiero vivir, no me queda otra.

Levanto la mano y acepto mi derrota. El agua hasta el cuello es elocuente, no me queda otra. Siento como el veneno corre por mis venas. Otrora omnipotente, muy débil ahora. La soberbia no me salvó. La soberbia me hundió sin que yo me diera cuenta.

La soberbia soy yo. Me hundí solo y todavía me cuesta creerlo. No hay pedestal, no hay agua salada, no hay tormenta. Vacío, sólo hay vacío, dentro de mi cabeza.



16 de octubre de 2013

La furia.

Es un estado constante de ebullición. Una bola de fuego que baja desde va cabeza hasta el pecho y su estómago. Temblores constantes que no son producto del miedo, es la ira que tiene contenida, que lleva adentro.
Siempre tensos los músculos, esperando un ataque para responder con energía, con furia. Un ataque que nunca llega, porque no existe. Un estado belicoso constante, que nunca baja la guardia.
No es el mal, el mal es otra cosa. Pero, como el mal, nunca descansa.
La furia no lo deja dormir, no lo deja pensar. No lo deja.

La furia lo domina. Lo manipula, lo lleva, lo maneja. Pero la furia no se muestra si no es necesario. Es astuta, ladina, traicionera. Se oculta entre los matorrales del monte. Agazapada, paciente, fría y calculadora, espera. Espera pero no deja de atacar.
Incursiona todo el tiempo, ataca y se retira, ataca y se retira. La furia es maestra consumada en el arte de la guerra psicológica. Una guerra psicológica que nunca termina. Él lo sabe.

La furia, durante esta larga guerra, le fue acotando el terreno. Le quitó, poco a poco, cualquier rastro de sentimientos.
Primero dejó de reír, luego dejó de sonreír y ahora cada vez le cuesta mas abrazar. Sólo existen miradas duras, rostros de piedra. La furia conquista y arrasa. Su mente huele a tierra quemada.
Sólo hay humo y fuego, desolados páramos dominan el horizonte.

Está cansado, la furia lo sabe, agotado de tanto pelear. Sólo quiere tranquilidad, silencio, paz. Una paz que la furia nunca le va a dar. Se deja vencer, poco a poco, convencido de que la muerte lo va a proteger, lo va a alejar de la furia. Piensa que va a poder descansar, oír el silencio, estar en paz.

Pero la furia siempre está, siempre queda, es la sombra que nunca abandona.

10 de octubre de 2013

El Destiempo.

Llego a destiempo, siempre tarde. Y encima, mala suerte, Castrilli me dirige. Y el Sheriff no deja pasar una. Cobra la falta y, de yapa, me da un reto a la pasada: "Siempre tarde vos, pibe"

Me trago la bronca, tiene razón. Siempre llego tarde a todo.
Llego tarde porque sí, no le encuentro una explicación. Siempre corro, intentando llegar antes, y no. Siempre tarde.

Me sale mas bronca.

Y encima hay quien te dice: "Y... Si hubieras llegado antes", "si hubieras venido a tiempo... Quién sabe, quizás...".
Todos supuestos, todas teorías. Todos científicos que se olvidaron del empirismo, de la experiencia.

¿De qué experiencia me hablan, si llego siempre a destiempo?.

En mi defensa, quiero decir que nunca hay intención real de llegar a destiempo. Es lo único que nunca pude calcular, nunca llego al resultado correcto. Siempre erro, cuando se trata de llegar, y termino llegando a destiempo.

Lo peor no es llegar a destiempo, lo peor es lo que perdés llegando a destiempo. Porque te sacan tarjeta amarilla, otra mas, y no jugás el partido que viene. Porque estirás los brazos, para un abrazo que ya no existe. Porque la palabra de aliento, se la llevó el viento.

Vivir a destiempo, es vivir fuera de fase, fuera de tiempo y de frecuencia. Vivir a destiempo es vivir distorsionado de la realidad. No mucho, pero la distorsión está.

Suena la alarma, me despierto cinco minutos después, ya estoy a destiempo otra vez.